“No es vergonzoso que el hombre sucumba bajo el dolor, pero sí es vergonzoso sucumbir bajo el placer… ¿A qué se debe, pues, que sea glorioso para la razón sucumbir bajo el esfuerzo del dolor, y que le parezca vergonzoso sucumbir bajo el esfuerzo del placer? A que no es el dolor lo que nos tienta y nos atrae; somos nosotros mismos los que lo elegimos voluntariamente y queremos hacer que nos domine, de tal suerte que señoreamos la cosa, y de ese modo el hombre sucumbe a sí mismo; en cambio en el placer es el hombre el que sucumbe al placer (Pascal).”
¿Qué es el placer? Esta palabra se usa de distintas maneras, pero considerando su uso en el dominio popular, parece conveniente definirlo así: el sentimiento de satisfacción que de la esfera sensitiva se difunde a la psíquica y espiritual, como respuesta del sujeto a la consecución de un bien. El término “placer” no es unívoco sino que es ciertamente un término ambiguo y equívoco. El siguiente ensayo Comprende la aproximación histórica a la idea de hedonismo, del placer Freudiano, complementado con una visión (fundamentada en la experiencia personal) respecto a la tesis central.
Debemos comenzar comentando históricamente un concepto fundamental dentro de lo que llamamos placer; El hedonismo. Este concepto pertenece a la doctrina filosófica basada en la búsqueda del placer y la supresión del dolor como objetivo o razón de ser de la vida. El padre del hedonismo fue Aristipo de Cirene. El enseñaba que el placer es el objetivo universal y fundamental del esfuerzo. Por placer no solo quería decir el placer sensual sino también las formas más elevadas de gozo, placeres mentales, amor doméstico, amistad, y satisfacción moral. Sus seguidores, sin embargo, redujeron el sistema a una defensa de la auto-complacencia.
A la escuela cirenaica (a la cual pertenecía Aristipo de Cirene) sucedió la escuela de Epicuro, quien enfatizó la superioridad de los placeres sociales e intelectuales sobre los de los sentidos. También confirió mayor dignidad a la doctrina hedonística combinándola con la teoría atómica de la materia; y esta síntesis encuentra su expresión refinada en el determinismo materialista del poeta romano Lucrecio. Epicuro enseñaba que el dolor y el autocontrol tienen un valor hedonístico; porque el dolor es a veces un medio necesario para la salud y el placer; mientras el autocontrol y el ascetismo prudente son indispensables si quisiéramos asegurarnos el máximo de placer. Con el decaimiento de los viejos ideales romanos y el ascenso del imperialismo, la filosofía Epicúrea floreció en Roma. Ella aceleró la destrucción de las creencias religiosas paganas, y, al mismo tiempo, estuvo entre las fuerzas que resistieron al Cristianismo. El resurgimiento de los principios hedonísticos en nuestros propios tiempos puede tener su origen en una línea de filósofos Ingleses tales como: Hobbes, Hartley, Bentham, James Mill, John Stuart Mill, los dos Austin, y más recientemente, Alexander Bain, que popularmente son conocidos como Utilitaristas.
Actualmente, a los hedonistas se les considera cómo egoísta y altruistas, lo cual es negado por bastantes filósofos contemporáneos, tales como Michael Ofray. El manifiesta en una entrevista que “Se cree que el hedonista es aquel que hace el elogio de la propiedad, de la riqueza, del tener, que es un consumidor. Eso es un hedonismo vulgar que propicia la sociedad. Yo propongo un hedonismo filosófico que es en gran medida lo contrario, del ser en vez del tener, que no pasa por el dinero, pero sí por una modificación del comportamiento. Lograr una presencia real en el mundo, y disfrutar jubilosamente de la existencia: oler mejor, gustar, escuchar mejor, no estar enojado con el cuerpo y considerar las pasiones y pulsiones como amigos y no como adversarios.” Otra defensora de hedonismo fue Valérie Tasso, quien afirma que “El hedonismo es una actitud ante la vida. Es una filosofía vital que prima al instante sobre el devenir, que reivindica la valentía sobre el miedo, que respeta la materialidad y cuestiona el espíritu, que gestiona lo que sucede sin despreciarse por lo que nunca sucedió, que aprecia la lógica de la vida y cuestiona la lógica de la muerte, que sabe que lo suficiente es suficiente, que busca el placer donde está, no donde se busca, que hace de su cuerpo su aliado y no su prisión, que desea sin que lo esclavice su deseo, que emplea su tiempo más que su dinero[…] El hedonista ejerce el difícil arte de establecer la paz consigo mismo.” (Opus cit; “Antimanual de sexo”, pag.84).
Ahora bien, si consideramos el funcionamiento de nuestra mente, Sigmund Freud, creador de la teoría psicoanalítica, identifica dos conceptos fundamentales que rigen las mentes: El principio de placer y el principio de realidad. En el primero, el conjunto de la actividad psíquica tiene por finalidad evitar el displacer y procurar el placer. En el segundo principio, Forma un par con el principio del placer, al cual modifica: en la medida en que logra imponerse como principio regulador, la búsqueda de la satisfacción ya no se efectúa por los caminos más cortos, sino mediante rodeos, y aplaza su resultado en función de las condiciones impuestas por el mundo exterior.
Luego de tener una idea, tanto histórica cómo psicoanalítica, decidí dejarme llevar por el hedonismo, con el sólo fin de encontrar aquel placer que Aristipo de Cirene o Epicuro enseñaba a sus seguidores. Para ello busqué un lugar adecuado para tal encuentro, llegando finalmente a una playa, esta se veía tan tranquila, el mar, las olas no eran ni demasiado grandes, ni demasiado pequeñas, eran perfectas. Podía sentir la tranquilidad que la naturaleza puede brindar algunas veces, cuando uno logra concentrarse en ella, volverse uno con ella, sentirnos parte de lo que somos: naturaleza.
Me acosté en la arena, cerré los ojos y me concentré en el sonido del mar. ¡Qué sonido más majestuoso! Tan suave, tan prudente, tan equilibrado, tan simétrico, tan sincronizado. Dicho sonido me hacía recordar momentos de mi niñez, momentos de los que sólo tengo imágenes vagas y efímeras, y otros momentos que podía recordar a la perfección. Esa felicidad, esa alegría que me inundaba, ese placer que sentía al recordar todos estos momentos no tienen precio.
Todo el collage de elementos, ya sean sonidos, imágenes, recuerdos y sensaciones se unían creando un todo al que llamé objeto de placer, al cual definí como un conjunto de elementos de distintas clases que me hacían sentir goce. Este objeto de placer no permanecía inmutable a través del tiempo, sino, siempre cambiaba. Algunos elementos estaban ahí y luego ya no estaban, otros elementos se unían de a poco a medida que los sentía y que los recordaba. Al escribir este ensayo soy capaz de recordar este objeto de placer y sentirme lleno, pleno, tranquilo y sin ningún miedo, cosas que también sentí en ese momento.
Este conjunto de vivencias, sonidos y sensaciones que denominé objeto de placer me envolvía haciéndome sentir plácido. Sentía el placer pero no lo podía definir, así que lo definí en función de lo que sentía en ese momento: plenitud, tranquilidad, seguridad, paz, descanso. Todas las tensiones parecían desaparecer con el placer que sentía acostado en la arena, tal como Freud lo habría dicho.
Al contemplar el objeto de placer en todo su esplendor, todas estas sensaciones que sentía, este goce me hacía creer ser feliz. Así es, por algún momento creí haber alcanzado la felicidad que todos buscamos producto del objeto de placer y me pareció un excelente ejercicio poder experimentar la teoría hedonista de los epicúreos y darme cuenta por mí mismo que mientas sintiera este placer podía sentir ser feliz aunque muy dentro supiera que era no más que una sensación efímera causada por el efecto que producía en mí el objeto de placer.
Desperté sintiendo la luz del sol quemando mi piel. Los músculos de mi rostro se estremecían al intentar abrir los ojos. En ese momento el objeto de placer ya se había esfumado. Intenté recordarlo todo de nuevo pero no lo logré, esta vez había algo que no me permitía sentir lo que había sentido un tiempo atrás: la luz del sol pegada a mi cara.
La luz del sol hacía que el sonido del mar no fuera más que otro indeseado ruido, que todo lo que mis ojos veían se distorsionara en función de cómo cerraba mis ojos para protegerlos del sol. Ahí me di cuenta que mientras estuviera inundado por la luz solar no podría seguir sintiendo placer. Mi organismo tendía a bloquear las tensiones y el displacer pero parecía imposible. Mi cuerpo estaba sudado, pegado a mi ropa, el sol no me dejaba ver nada, el “ahora ruido” del mar hacía resonar mi oídos formando un nuevo cuerpo que llamé objeto de displacer cuya definición, análoga a la del objeto de placer, era el conjunto de elementos que me hacían sentir displacer, que me hacían sentir tenso.
Antes de eliminar la luz solar, en aquel estado donde uno no está seguro de estar durmiendo o estar despierto, decidí dedicarme a sentir displacer y de alguna manera transformarlo en displacer, cambiando los paradigmas de mis deseos, haciendo que el deseo máximo para mí sea estar en las condiciones en las que estaba, esto es sudado, acalorado, tenso, etc. No lo logré.
Me paré, y abrí los ojos. Todo parecía haber vuelto a ser como había sido en un principio. Todo estaba ahí pero nada tenía alguna connotación placentera ni displacentera, los elementos solo cohabitaban juntos sin ninguna especie de armonía aparente.
El mirar hacia el horizonte realmente parecía una actividad extraordinaria, el saber que si avanzaba hacia adelante infinitamente sin cambiar mi trayectoria me haría volver al punto desde el cuál partí; me hizo sentir pequeño en este mundo. Eso me hizo pensar en la vida eterna. Para mí pensar en la vida eterna constituye una verdadera travesía, retando los límites de la lógica matemática. Sí bien el infinito puede ser representado con un símbolo lemniscata, no puede ser concebida por seres finitos como nosotros que conocemos un comienzo a nuestras vidas. No veo en realidad una verdadera utilidad al pensar en la vida eterna, pero esta vez quise hacerlo. Pensar en un hecho que parece terminar en el comienzo de él mismo y que sigue así indefinidamente llevaría a un ser finito como nosotros a dedicar toda nuestra vida en eso, esto genera una angustia profunda de la que cuesta salir. Identifico esta angustia como otro elemento del objeto de displacer que vive en todos los elementos de este conjunto en la playa.
Concluyo este ensayo planteando lo siguiente ¿ cuántos de nosotros hemos tratado muy a menudo de vivir fuera del sentido común: conduciéndonos más allá de nuestros medios, actuando en contra de nuestro buen juicio para cubrir las apariencias, convirtiéndonos en alcohólicos, trabajólicos, adictos a la comida chatarra aunque lo “sabemos bien”? Hay una gran cantidad de moralistas que nos imploran que conduzcamos nuestros asuntos más sabiamente, pero somos propensos a rechazar sus métodos: ellos condenan nuestro deseo natural por el placer como pecaminoso, y luego continúan encasillando la moralidad en términos de intereses abstractos de la “sociedad”, o por los obscuros edictos de una deidad invisible. Cuando nos ajustamos a este camino, ¿estamos más inclinados a someternos o a rebelarnos a ese consejo, ante la exasperación del momento?.
El mensaje epicúreo, sin embargo, con su enfoque sobre el placer como base natural de la moralidad, tiene más fuerza para resistir. Cuando un epicúreo contempla el placer lo hace ponderando más ampliamente el cómo lograr que éste se maximice. Él puede abstenerse de ciertos placeres, pero actúa así para ganar aún más placer en el futuro, de manera alguna para desechar el placer en sí mismo. Es más, cualquiera de nosotros puede entrar en contacto con nuestros sentimientos en cualquier situación, si nos molestamos en hacer una pausa en busca de un momento de introspección, todos estamos calificados para convertirnos en nuestros propios intérpretes morales.